Juguetes en la sombra

Lola Paris

Leer relatos eróticos

4.8
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El otro día me pasó una cosa un poco rara. Todavía estoy en shock, madre mía, fue una locura. Todo empezó por una tontería, una videollamada tonta con Diego, ¿sabes quién te digo, no? Ese chico que me tiene loca desde hace meses, con esos ojazos y esa sonrisa que parece que te está desnudando sin tocarte. Bueno, pues resulta que me dejó la webcam encendida sin darse cuenta y… joder, vi algo que no me esperaba para nada.

Estábamos hablando por la noche, ya tarde, después de un día larguísimo. Yo estaba en mi habitación, tirada en la cama con el portátil, en plan relajada, con mi pijama de tirantes y el pelo recogido en un moño desastre. Diego estaba en su cuarto, con esa luz tenue que siempre tiene, medio hipster, con sus pósters de grupos indie y esa estantería llena de libros que nunca sé si lee o solo los pone para fardar. Hablamos de todo un poco, tonterías, la uni, una peli que vimos… lo normal. Pero de repente me dice que tiene que colgar porque “necesita descansar”. Vale, ningún drama, le digo “buenas noches” con mi mejor tono de coqueteo sutil, y él me lanza esa sonrisa suya que me derrite. Cierra la llamada… o eso pensaba yo.

No sé cómo pasó, pero la webcam no se apagó. No sé si fue un error de la app o qué, pero de pronto veo su habitación en la pantalla. Al principio pensé que se había dejado el portátil encendido por descuido, y yo, como buena cotilla, no cerré la ventana. Error mío, lo sé, pero qué quieres, soy humana. Y entonces, amiga, es cuando todo se puso… intenso.

Diego se levanta de la silla, se quita la camiseta (¡madre mía, ese torso!) y se pone unas gafas de realidad virtual de esas cutres, de cartón, que parecen sacadas de un tutorial de YouTube. Yo flipando, porque no tenía ni idea de que tuviera algo así. Pero lo mejor, o lo más loco, viene ahora. De debajo de la cama saca… ¿cómo te lo explico? Una especie de torso de silicona. Sí, un torso masturbador. Yo no sabía ni que eso existía, te lo juro. Era como un cuerpo de mujer sin cabeza ni extremidades, con pechos y todo, superrealista. Me quedé con la boca abierta, como “¿qué demonios es eso?”. Pero Diego lo miraba con una cara… como si fuera su tesoro más preciado.

Lo coloca en la cama con un cuidado que casi me da envidia. Le acaricia los pechos de silicona, pasa los dedos por las curvas como si estuviera tocando a una persona de verdad. Yo, en mi habitación, no podía apartar la vista. Era como ver una peli subidita de tono, pero en directo y con el chico que me gusta. Se pone las gafas de VR, y por cómo mueve la cabeza, sé que está metido en algún vídeo porno. Me lo imaginé viendo algo súper explícito, y no sé por qué, pero eso me puso a mil.

Entonces, es cuando la cosa se desmadra. Se baja los pantalones y… joder, no voy a mentir, me quedé mirando como idiota. Estaba duro, y no era para menos. Coge un bote de lubricante, se echa un poco en las manos y empieza a untarlo en el torso, en la parte… ya sabes, entre las piernas de esa cosa. Lo hace con una calma que me estaba volviendo loca. Y luego, sin más, se coloca encima y empieza a moverse. Las embestidas eran lentas al principio, como si estuviera saboreando cada segundo. El torso se movía un poco con cada empujón, y él gemía bajito, un sonido grave que me llegó directo al estómago.

Yo no sé en qué momento mi mano acabó dentro de mi pijama, pero te juro que no pude evitarlo. Verlo así, con esa cara de placer, la boca entreabierta… era demasiado. Sus gemidos se volvieron más fuertes, más urgentes, y yo me dejé llevar. Me toqué despacito al principio, siguiendo su ritmo, imaginando que era yo la que estaba ahí, debajo de él. Cada vez que empujaba, veía cómo se le tensaban los músculos, cómo se mordía el labio. El torso ese parecía tan real, la forma en que se hundía en él, cómo lo agarraba por las caderas de silicona… Joder, era hipnótico.

No sé cuánto tiempo pasó, pero todo se intensificó. Diego aceleró, sus caderas iban más rápido, los gemidos se le escapaban sin control. Yo estaba igual, perdida en mi propio mundo, tocándome con más ganas, sintiendo que el calor me subía por todo el cuerpo. De repente, él suelta un gruñido profundo, como si estuviera a punto de explotar, y yo… no sé cómo, pero sentí que estaba justo en el mismo punto. Fue como si estuviéramos conectados, aunque él no tenía ni idea de que yo estaba viéndolo.

Y entonces, pasó. Diego se tensó entero, sus manos apretaron el torso con fuerza, y vi cómo su cuerpo temblaba mientras llegaba al clímax. Yo no pude más, me corrí al mismo tiempo, mordiéndome el labio para no gritar y despertar a medio edificio. Fue… no sé, como una explosión. Los dos jadeando, él en su mundo con las gafas de VR y yo en mi cama, con el corazón a mil.

Cuando terminó, él se quedó un momento quieto, respirando fuerte, con una sonrisa de satisfacción que me dieron ganas de atravesar la pantalla para besarlo. Se quitó las gafas, miró el torso como si le diera las gracias, y lo guardó con el mismo cuidado de antes. Yo cerré el portátil de golpe, como si me hubiera pillado, aunque no tenía ni idea de que yo estaba ahí. Me quedé mirando al techo, procesando lo que acababa de pasar, con el cuerpo todavía temblando.

No sé qué hacer ahora. Cada vez que pienso en él, me viene esa imagen, ese torso, sus gemidos. No sabía que algo así podía existir, ni que me iba a poner tanto verlo. ¿Le digo algo? ¿Hago como si nada? Solo sé que la próxima vez que lo vea, no voy a poder mirarlo sin imaginarlo encima de ese cacharro. Menuda locura.

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