Sexo en el ascensor de la estación

Lola Paris

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Las puertas del ascensor se cerraron lentamente, sumiéndome en una penumbra íntima mientras ascendía hacia mi destino. Estaba sola en ese pequeño espacio, rodeada por las paredes de metal plateado que reflejaban mi excitación. El sonido suave de la música ambiental se mezclaba con mi respiración entrecortada, creando una sinfonía de anticipación en mis oídos.

Desde el momento en que entré en la estación de autobuses, sentí que algo especial estaba por ocurrir. Mi corazón latía con fuerza, presagiando un encuentro inolvidable. Pero nunca imaginé que ese encuentro tendría lugar en el ascensor.

La tensión sexual estaba en el aire, palpable y electrizante. Cada vez que el ascensor se detenía en una planta, mis sentidos se agudizaban y mi cuerpo se tensaba, esperando que alguien más entrara. Pero nadie aparecía. Era solo yo, perdida en la inmensidad de mis propios deseos.

La suave vibración del ascensor bajo mis pies se convirtió en el compás de mi excitación. Cerré los ojos y me dejé llevar por la fantasía que comenzaba a desplegarse en mi mente. Imaginé que las puertas se abrían en una planta desconocida y alguien entraba, alguien que me miraba con ojos llenos de deseo y pasión desenfrenada.

Mis manos comenzaron a deslizarse por mi cuerpo, acariciando mis pechos mientras imaginaba las manos del desconocido acariciándome con la misma intensidad. Mis dedos se movían ágilmente, explorando cada rincón de mi ser, mientras mi mente se perdía en imágenes eróticas que se entrelazaban con la realidad.

El ascensor se detuvo bruscamente, interrumpiendo mi ensoñación. Las puertas se abrieron, revelando una planta vacía. Mi corazón dio un vuelco, esperando que alguien entrara en ese momento, pero el ascensor permaneció desolado. ¿Era solo mi imaginación jugándome una mala pasada?

Decidí dejarme llevar por el impulso y me adentré en el pasillo, buscando alguna señal de vida. Pero no había nadie a la vista. Regresé al ascensor, sintiendo una mezcla de decepción y alivio. Tal vez era mejor así, mantener esta experiencia como un secreto compartido solo conmigo misma.

El ascensor volvió a ascender, llevándome de regreso a la realidad. Mis piernas temblaban ligeramente, recordándome el éxtasis momentáneo que había experimentado. Mientras las puertas se abrían en la planta final, sentí una oleada de gratitud por este pequeño y fugaz encuentro con mi propia sensualidad.

Salí del ascensor, con la cabeza en alto y una sonrisa en los labios. Aunque la realidad no siempre cumple nuestras fantasías más salvajes, había descubierto que el poder de la imaginación es ilimitado. Y en ese ascensor solitario de una estación de autobuses en Madrid, me había encontrado a mí misma, a mi deseo más profundo y a mi capacidad de experimentar placer sin límites.

Desde aquel día, cada vez que paso por esa estación de autobuses, una chispa de excitación recorre mi cuerpo. Porque sé que, en algún lugar entre las paredes de metal plateado y la suave vibración del ascensor, existe un mundo de posibilidades eróticas esperando a ser descubierto una vez más.

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